Villa Soriano, cuna del turismo en Uruguay

Muelle de Villa Soriano Muelle de Villa Soriano

Con algunas sobrevivientes callecitas blancas como la caparazón de los caracoles del río Negro, un entorno natural de singular belleza, el andar tranquilo de su gente, una concentración de bienes patrimoniales --varios de ellos declarados Monumento Histórico—y su aire de pueblo como detenido en el tiempo, Villa Santo Domingo de Soriano es no sólo la población más antigua del territorio nacional, sino también cuna de la Patria y del turismo en Uruguay.

 

Las carreteras suelen introducirnos en el corazón de las ciudades y pueblos casi sin que nos demos cuenta y es frecuente que vayamos más atentos a las señales de tránsito y los otros vehículos que a la fisonomía del lugar al que arribamos.

Llegar por primera vez a un pueblo por su río impone otro andar, otras expectativas, otros tiempos. Y favorece una mirada más atenta a aquello que nos es nuevo.

Desembarcar en Villa Santo Domingo de Soriano lleva inexorablemente a admirar la belleza natural del entorno y hace volar la imaginación en un intento de adivinar la vida y peripecias cotidianas de los pescadores artesanales cuyas numerosas, coloridas y un tanto desvencijadas pequeñas embarcaciones, mecidas por el río, parecen dormir el sueño eterno mientras esperan por sus dueños. ¿Qué esperanzas, qué frustraciones, qué historias acunarán en su bamboleo perpetuo?

Más adelante, un tapiz vegetal de camalotes y otras plantas acuáticas en flor parece oficiar de alfombra verde a la entrada del pueblo.

No pregunté si el pintoresco muelle de madera tiene una cuadra, una cuadra y media o dos de largo, pero sé que cualquier visitante que llega y lleva una cámara tardará muy poco en sacarla y comenzar a darle uso. Y, adentrándose en el poblado, la seguirá utilizando por largo rato hasta llenar su memoria o agotar la batería.

Ocurre que no todos los días uno tiene la posibilidad de sentirse --aunque no sea más que un poco-- descubridor de un pintoresco y particular rincón del Uruguay tan cargado de historia, de valores patrimoniales y de historias de vida singulares.

Un lugar donde se respira todavía el aire de otras épocas no sólo en la arquitectura sino también en el estilo de vida de la gente.

Un sitio donde las horas parecen correr más lentas, donde no se ven casi antenas ni hay vidrieras y donde los lugareños cultivan la siesta y se sientan en la vereda.

Podría hablar de los lugares interesantes e históricos que recorrí la tarde de un lunes que el pueblo estaba de fiesta. Prefiero empezar diciéndoles que tuve el honor de conocer conocí a doña Zulema, dueña de la "Casa de las Máscaras" y una de las mujeres más ancianas del lugar, al gentil funcionario que atiende la biblioteca y museo que me mostró varios tesoros orgullo del pueblo, al periodista, a una maestra dueña del restaurante que sin conocerme más que como cliente ocasional detuvo su auto para ofrecer "arrimarme" hasta el lugar donde se hacía un acto, en la otra punta del pueblo. Y mientras me acomodaba en el asiento de su vehículo, iba pensando que eso no pasa en cualquier parte y cuánto perdemos en la medida que las sociedades se vuelven más complejas y empiezan a correr detrás de algo que a veces no sabemos bien qué es pero llamamos "progreso".

Empiezo mencionando a esa gente porque son los habitantes de Villa Soriano el alma latente de esa comunidad. Y ellos, así como otros que encontré en la plaza, la iglesia, el puesto de artesanos o la calle mientras esperábamos ver pasar la banda rítmica del pueblo y otras delegaciones participantes de un desfile, me ayudaron a hacerme una idea de cómo es el día a día de esta comunidad asentada en un sitio histórico.

Turistas iban a "curarse" al río Negro

Hoy la villa está esperanzada de los beneficios que les pueda traer el turismo y cada fin de semana son más las personas que llegan, fundamentalmente desde que comenzaron los viajes en catamarán desde la ciudad de Mercedes.

Sin embargo, el turismo no es una actividad nueva para este lugar. Muy por el contrario, puede considerarse a villa Santo Domingo de Soriano como la cuna del turismo en el Uruguay.

Hace mucho tiempo, los comentarios sobre las propiedades curativas del Río Negro llegaron a oídos del Rey Carlos IV de España y poco después las embarcaciones comenzaron a cargar toneles de estas beneficiosas aguas para llevarlas a otros lugares con fines medicinales. Se estimaba que la zarzaparrilla le otorgaba las propiedades para curar afecciones de piel.

En 1802, el Rey de España le otorga por Real Cédula el rango de "Villa Santo Domingo Soriano la muy noble, valerosa y leal Villa, puerto de la salud del Río Negro”.

Uno de los vestigios de aquella época es el viejo hotel del lugar, hoy edificio de la Prefectura Naval y Aduana. Se trata de una construcción que data de mediados del siglo XIX. Su destino fue el de hospedar a los turistas que llegaban a curarse en las aguas del Río Negro. Actualmente ha sido remodelado, habiéndose inaugurado allí la primer estación náutica fluvial del país en el marco de un proyecto que contó con la participación de Aduana, Ministerio de Turismo, Prefectura, Hidrografía, Intendencia de Soriano y fondos del BID.

Legado de la reducción indígena

Si seguimos caminando un par de cuadras con el río a nuestras espaldas habremos llegado a la plaza principal y la Iglesia. Esta última fue construida a partir de 1718, cuando Villa Soriano es trasladada a tierra firme, después de haber estado en la Isla del Vizcaíno.

Muy diferente a la mayoría que podamos conocer, la iglesia combina en su justa medida belleza y sencillez. Con piso de ladrillo, paredes muy anchas, hermosos y antiguos ventanales de madera y dos pequeños oratorios laterales, la construcción está dedicada a Santo Domingo de Soriano, patrono de la localidad.

En esta iglesia se encuentran figuras de santos tallados en madera por los aborígenes de la otrora reducción indígena del mismo nombre, el único Cristo articulado del Uruguay y una bala de cañón testimonio del Bombardeo de Michelena el 4 de abril de 1811. También hay una Virgen María que no es sencilla de reconocer en primera instancia puesto que sus facciones no son las que acostumbramos a ver en las iglesias. Fue tallada por los indios, tiene un vestido de tela rosada y lleva una peluca que, según me dijeron, se confecciona cada cierto tiempo con cabellos de las mujeres de la villa.

Donde duerme la historia

En un poblado donde la historia no nos llega desde una mirada nostálgica al pasado, sino que vive y palpita entre la cotidianeidad, no podía faltar un lugar especial para acunar aquellos objetos que la comunidad ha considerado importantes para salvaguardarlos de los estragos del tiempo. Se la conoce popularmente como "la casa de los Marfetán" y es el museo y biblioteca de la localidad.

Se trata de una casa fortificada, cuyas paredes tienen entre sesenta y ochenta centímetros de grosor, cuenta con amplios salones, espectaculares ventanales de estilo colonial, patio interior con aljibe, calabozo y una cocina antigua digna de admiración.

La mandó construir Juan Bautista de Mendoza, a mediados del siglo XVIII. Una de sus hijas se casó con un francés de apellido Marfetán, por lo que hoy se le conoce como "casa de los Marfetán". Es Monumento Histórico Nacional y fue reconstruida en el año 1966 por el Coronel Carlos A. Marfetán.

La casa mantiene su estructura original, algunos herrajes, marcos de ventanas y puertas y tirantes de palmera negra paraguaya en sus salones.

El 18 de mayo de 1992 se fundó allí el Museo Regional Santo Domingo Soriano, que exhibe objetos de gran valor para la comunidad, ya que fueron donaciones de pertenencias de los pobladores de Villa Soriano, que son testimonio de la historia lugareña.

Además de una serie de objetos referidos a las actividades otrora realizadas en el lugar, faroles del alumbrado antiguo, balas de cañón y cosas de la vida cotidiana de la villa en otras épocas, allí se encuentran manuscritos firmados por Fructuoso Rivera, Manuel Oribe y Estanislao Vega, entre otros.

Luego de una recorrida acompañada por el funcionario Washington Silva, en la que me explicó decenas de detalles e historias de lo que iba viendo y en la que quedé poco menos que maravillada con las características de la casa y el patrimonio de este singular museo, mi guía me tenía preparado un golpe de gracia.

No podía sospechar qué me mostraría cuando abrió un cajón y sacó una bolsita blanca con la que se dirigió a una estantería de la biblioteca y extrajo un grueso libro.

Lo abrió en una página que ilustraba sobre fósiles milenarios. Me pregunto si los conocía, le contesté que había visto algunos en libros hace mucho tiempo. Abrió la bolsa y puso algo pequeño sobre una de las fotos. ¡Era exactamente igual!

"Es un trilobite, de la era paleozoica y tiene 542 millones de años", dijo Silva. Lo mismo podía leer en la descripción del libro. "Lo encontramos acá en Villa Soriano", agregó. Y luego comenzó a pasar páginas mientras sacaba otros fósiles de la bolsa. Créanme que no exagero si digo que parte de la historia del mundo estaba en ella.

Máscaras en la calle, el legado de don Artega

Por la calle principal de la villa se encuentra una singular vivienda, conocida como "La Casa de las Máscaras". Su originalidad consiste en que cuenta en su frente y ochava con numerosas máscaras realizadas en hormigón y con detalles de caracoles (ojos, nariz y boca), realizadas por Juan Alberto Artega (1910-1999), albañil de profesión y artista plástico por vocación.

Al mediodía, luego de un viaje de dos horas y media en catamarán y otro tanto de caminatas por el pueblo, llegué al frente de esta casa y le tomé fotos. La puerta principal estaba apenas arrimada y la verdad es que estuve tentada de golpear, pero después me acordé cuánto me molestaba que la gente golpeara las manos en la casa de mis abuelos cuando estábamos comiendo, y decidí seguir caminando. Me detuve enseguida: del otro lado de la calle estaba el restaurante del pueblo.

Satisfecho mi apetito con un exquisito plato de tallarines con tuco y flan casero por postre, salí a la calle y vi que había gente sentada en la vereda de La Casa de las Máscaras. Eran Zulema Pastorino (93) y su hijo Juan Bautista Artega, actualmente jubilado.

Me contaron del entusiasmo y placer que sentía don Juan Alberto al experimentar con su material de trabajo diario, nuevos usos. De esta forma, el cemento utilizado habitualmente para edificar dio origen a una variopinta colección de máscaras hechas con acabados de caracoles salidos del río Negro.

"Antes vivíamos en el campo y él hacía sus máscaras y las colgaba en el alambrado; después nos vinimos para acá y las puso en el frente", dijeron.

Podría hablarles de otras cosas interesantes que vi –como el timbó, un árbol de más de 100 años y 50 metros de diámetro-- y personas que conocí pero prefiero que las descubran ustedes mismos si alguna vez llegan a la villa. Por lo menos para mí no es lo mismo ir a un lugar sabiendo exactamente qué veré que dejarme llevar por la sorpresa y admiración que provoca la posibilidad de ver, sentir y tocar cosas si no únicas por lo menos singulares, aunque es necesario contar las historias de lugares así para que otros sepan que existen.

"Siéntanse invitados a llegar aunque sea por un rato a rincones como éste de nuestro querido Uruguay". Alguien del pueblo me pidió que pusiera eso cuando escribiera sobre Villa Soriano. Y aquí está.

Cómo llegar

Villa Santo Domingo de Soriano se ubica sobre el litoral oeste del territorio uruguayo, en el departamento de Soriano, sobre el Río Negro, poco antes de su desembocadura en el Río Uruguay. Por rutas terrestres se encuentra a 40 kilómetros de la ciudad de Mercedes, y a 20 de la ciudad de Dolores. Considerando una ruta fluvial, Villa Soriano se encuentra a 180 kilómetros de Buenos Aires, a 45 de Mercedes y a 50 kilómetros del puerto de Fray Bentos.

Las posibilidades de acceso desde diferentes puntos del país son: por ruta nacional Nº 2 hasta Mercedes y tomando luego la ruta 95; y desde Colonia del Sacramento, por ruta 21, llegando a Dolores y luego tomando la ruta 96, hasta la villa.

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